NESSUN DORMA
Con los cambios de estación, la vieja casona, cubierta de viña virgen, cambiaba de colores. En el parque cohabitaban árboles frutales, pinos, hayas y un añejo sauce llorón. En el portón de entrada nacía un sendero de rosas y peonías y por la puerta de servicio se iba a un bosque enmarañado que impedía el acceso a los rayos del sol. Jabalíes, ardillas y zorros merodeaban cerca, transfigurando la naturaleza de la penumbra.
El aroma a leño quemado perduraba en el interior de la casa a lo largo de todo el invierno. El lugar parecía encantado. Y ocurrían rarezas; como aquella vez que hicieron su aparición los ratoncitos melómanos. Esa mañana, en el preciso momento que Mario puso a todo volumen la grabación de “Caruso” cantada por Lucciano Pavarotti, Teresa, que estaba en la cocina que daba al jardín, vió salir dos ratoncitos de abajo de un armario. Gritó para llamar la atención de Mario. Este paró la música y con igual prontitud los ratoncitos volvieron a su escondite. Volvió a poner la música y nuevamente los diminutos roedores retomaron el centro de la escena. Daban vueltas y más vueltas, como en una coreografía preestablecida. Entre asombrados y divertidos, Teresa y Mario repitieron varias veces la operación y cada vez que sonaba la música recomenzaba el ballet de los ratoncitos, rendidos al encanto de la voz de Pavarotti.
Jairo.-
06/08/2007
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